Jaque a la Reina

 

 

Amanece el nuevo día y, mientras desayunamos, se descubren las primeras directrices de la recolecta de la miel. Nada de jabones, perfumes o desodorantes, cualquiera de ellos es un imán para las abejas. Aún con la legaña a media asta salimos al exterior de la casa para comprobar que no falta nada y que todos tenemos nuestro traje con sus correspondientes guantes, además de los utensilios necesarios para el trabajo que la apicultura requiere.

 

Un tractor nos lleva montaña arriba por carreteras que se convierten en caminos y éstos, a su vez, en senderos por donde apenas debería caber una persona. El tractor se abre paso entre la maleza a la vez que la niebla se abre paso entre las pocas casas que divisamos a lo lejos. Llegamos a lo que parece una abandonada casa de piedra en medio de un monte con el característico color verde gallego. Pero al cruzar una minúscula puerta descubrimos que esas piedras que parecían de una casa pertenecen en realidad al apiario a donde nos dirigíamos.

 

El momento de vestirse conlleva una comprobación minuciosa de espacios por donde pueda colarse una abeja y jugarte una mala pasada. Los guantes y el calzado van sellados con varias vueltas de cinta adhesiva y las cremalleras también se aseguran de la misma manera.

 

Echando un rápido vistazo cuento 15 colmenas de las denominadas Langstroth, las más utilizadas en todo el mundo debido a sus alzas y cuadros móviles. Este tipo de colmena permite al apicultor apilar nuevas alzas cuando la producción de miel vaya creciendo. Observo también que aún mantienen una colmena tradicional hecha con corteza de árbol pero, como luego me contarán, ya no proporciona miel. Mientras, a mi espalda, comienza a reinar un fuerte olor a quemado. Jose, el apicultor al que pertenecen estas colmenas, prepara el ahumador que servirá para aturdir a las abejas, algo que facilitará la posterior recolección de la miel.

 

Una a una se van abriendo las colmenas y se van recogiendo los cuadros, no sin antes cepillarlos bien para evitar cargar en el tractor ninguna abeja. Este trabajo se repite una y otra vez con cada colmena, aunque en alguna de ellas no será necesario retirar los cuadros con miel ya que, al finalizar la recogida, el conteo será de 3 colmenas muertas.

 

Al preguntar los motivos de estas muertes, Jose cuenta como cada año que pasa el número de abejas disminuye de forma alarmante. Recuerda que cuando su padre aún vivía el número de colmenas con las que trabajaban era de 29. Es consciente del daño que los pesticidas están haciendo a las abejas. Todo ello pese a las restricciones que la UE ha hecho a tres insecticidas tóxicos; restricciones que, según cuenta Greenpeace en su informe 'El declive de las abejas', son temporales (dos años) y parciales por lo que impiden que la solución a este problema se de en un futuro cercano.

 

Si los pesticidas no me parecieran ya suficiente cáncer medioambiental, Jose también me muestra en una colmena cómo un parásito lo ha consumido todo, dejando tras de sí decenas de estos pequeños animales muertos. Otro problema que viene derivado de los pesticidas, ya que también debilitan su sistema inmunológico y las hace más propensas a coger enfermedades.

 

Tras terminar de recolectar, cargar y partir de nuevo con Jose en el tractor, me pregunto qué le deparará el futuro a su pequeña producción de miel y a la agricultura mundial. Si las abejas desaparecen el proceso de la polinización también, por lo que estaríamos hablando de pérdidas de cultivos y cambios en la cadena alimenticia. Greenpeace ha calculado en su informe 'Alimentos bajo amenaza' que el valor económico de la polinización de las abejas supone 265.000 millones de euros anuales en todo el mundo, por lo que si ellas desaparecen también influiría gravemente en la economía. Si no se aplican ciertos cambios enfocados a unos cultivos más ecológicos, ¿sería este el comienzo de un definitivo "Jaque a la Reina"?

 

El sol ha alcanzado su punto más alto y marca el mediodía al tiempo que yo deshago el camino andado. Mientras repaso todo lo aprendido, sólo puedo desear una cosa: que el año que viene, cuando este ritual artesano vuelva a repetirse, todo haya cobrado una visión más positiva.

© 2016 Nuria Sambade Nieto | All rights reserved

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